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Aquél olor a primavera la transportó a 20 años antes. Fue después de aquél oscuro y gris invierno. Nunca había vuelto a sentir la ansiada primavera como la de aquél año. Todo era gris, deprimente, frío, lluvioso, todas las noticias eran malas y apenas se oían risas. Aquella primavera de hace 20 años la abrazó como un salvavidas.
Estaba en paro y su vida, más que vida, la suya se había vuelto en una lucha por la supervivencia. Sí, en aquellos días, semanas, meses, a pesar de la juventud, sintió que la vida era un fraude. A pesar de lo que le prometieron mientras se hacía mayor y preparaba su futuro, cuando llegó el futuro se dio cuenta de que simplemente no existía. Había sido un gran engaño, una estafa en toda regla.
Descubrió que la vida, más que una fiesta, se había convertido en un encuentro entre naúfragos. Y así, encontrándose junto a otros magullados, intentaban sobrellevar el paso de los días. No era aquello vivir, sino simplemente sobrevivir mientras los segundos se deslizaban en los suspiros.
Por su vida pasaron muchos naufragos. Pobres diablos, ¿dónde estarían ahora? ¿tan perdidos como entonces? No podía decir que su vida hubiera sido mucho mejor… hasta que aceptó que aquello había sido lo que la vida iba a darle. A partir de ahi dejó de sentirse defraudada, simplemento supo que eso era la vida.
20 años después lo recordó en una tarde que anunciaba la llegada de nuevo, de la primavera.
Pasó por delante de aquella tienda del Raval. Entre prescindibles piezas de ropa lo que de verdad le llamó la atención fue aquél original juego de café de cerámica. Era cerámica hecha a mano con una inesperada forma y color. Se trataba de una pequeña obra de arte que la mayoría ignoraría al pasar por delante del escaparate. La cerámica no era el atrezzo. Era arte.
Se excitó al ver aquella imagen, tan poco usual en la ciudad. Al pasar por el umbral de la puerta, la dependienta le invitó a pasar.
“No, no solo quiero ver la cerámica. ¡Es preciosa! ¡Es una obra de arte!”. La dependienta asentía agradecida por el comentario. “¿De quién es? ¿algún artista?”. “La hago yo” respondió la dependienta. Sorprendida por la revelación dio un paso más en la confidencia:”No es muy normal ver algo así en Barcelona, la cerámica es un arte que está infravalorado, ¿no es cierto?”.”Es verdad, en otros países no pasa. En Francia se vuelven locos. Solo los extranjeros entran a ver la cerámica” afirmó la dependienta, ahora ya convertida en artista”.
“La cerámica es una de las artes más humanas que hay: sale de la tierra y la moldea las manos del hombre. Pocas cosas más humanas y terrenales que la cerámica” dijo la paseante. La artista asentía feliz, ya no como dependienta -ninguna de las dos habló de dinero-.
“Muchas gracias, tengo que irme, a ver si otro día me paso”. “Gracias, le dijo, gracias, me has animado mucho”. La paseante, sorprendida, la miró, esbozó una tímida sonrisa y se deslizó fuera de la tienda. Pensó qué poco se había necesitado para hacer feliz a alguien.
Siguió calle abajo con su corazón inquieto entre las manos.
Arte de la tierra, la cerámica y la vida.